En esta entrada aparecerá el prólogo de Hijos de Edos: Un viaje a lo desconocido para aquellos interesados en la obra que quieran comprobar si puede ir con su estilo o no.
PRÓLOGO
He viajado tanto por el mundo, he
conocido tantas culturas y tantos lugares que cuando echo la vista atrás pienso
que he tenido una vida plena. He vivido libre de las ataduras de mi familia. He
vivido como he querido… pero después recuerdo el daño que han causado mis
descubrimientos y no puedo evitar preguntarme si realmente mereció la pena… o
si tengo la culpa de todo.
Extracto del cuaderno de viajes de Mawinor Arleis.
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A |
rin estaba nervioso. ¡Katara! Vaya tarea le había
tocado. Entregar un mensaje a Nek-Al-Gor. Si el Santo Caballero hacía honor a
su fama, mediría tres metros, portaría una espada de cuatro y podría matar a un
hombre solo porque le desagradase su mirada. Serían rumores exagerados, claro
estaba. Solo iba a entregarle un mensaje. Dos, en realidad. Y ambos le
gustarían. No podía matarlo solo por eso. Era un Santo Caballero, y por lo tanto,
tenía que ser honorable. Su fama solo se debía a sus implacables cacerías. O eso
pensaba Arin.
Era de noche y lo único que rompía el absoluto silencio que reinaba en aquella parte de Arlos era la intensa lluvia que caía.
Mientras Arin caminaba
hacia su destino, la posada donde se alojaba el Santo Caballero, no pudo evitar
volver a fijarse en lo curioso que era aquel pequeño pueblo. Al mensajero le
resultaba fascinante que aunque Arlos hubiese sido uno de los primeros
asentamientos que había colonizado el Imperio de Anar-Kan en Nuevo Fos, este
hubiese crecido tan poco como para apenas superar los mil habitantes.
Arin tampoco podía evitar
fijarse en las construcciones. Para alguien tan observador como él, resultaba
muy evidente que Arlos se había fundado a partir de un campamento militar, y
que años después, debido al avance del Imperio en Nuevo Fos, y con la
respectiva llegada de colonos al lugar, este había acabado por transformarse en
una población estable. Sin embargo, lo que más llamaba la atención del
mensajero era la piedra. Arlos, como todo asentamiento en tiempo de guerra, se
había hecho de dicho material: el suelo estaba empedrado, las casas se hacían
gruesas y contaba con una poderosa muralla que ningún otro pueblo de esas
características tenía en Fos, el continente de donde provenía el Imperio. En
contraposición a los orígenes militares de Arlos, los únicos soldados que permanecían
en el lugar eran los de la guardia personal del Alto Señor Ranan, Majorum del poblado. La guerra ya estaba
lo suficientemente lejos.
Empapado
por la lluvia, el mensajero entró en la posada donde se alojaba el Santo
Caballero. ¿De verdad estaba el mismísimo Nek-Al-Gor en Arlos? Al parecer había
sido el primero de todos ellos en recibir la petición de auxilio enviada por el
Alto Señor cuando un ciudadano había denunciado a un herrero por atania, pero
para creer algo así, necesitaba verlo con sus propios ojos. ¿Seguro que no se
trataba de otro Santo Caballero nuhiliano? ¿Qué iba a hacer alguien de la
categoría de Nek-Al-Gor en un pueblo dejado de la mano de Anak? Pero fuese o no
el célebre Cazador, sí que había un Santo Caballero en Arlos. Y eso ya era todo
un acontecimiento en una población tan pequeña como aquella, aunque posiblemente
se marchase esa misma noche.
La
posada estaba relativamente animada. Había varios hombres bebiendo, otros
tantos hablando, y al fondo, unos cuantos más dispersos por la estancia. La
mayoría estaba comentando algo de los Santos Caballeros. De sus experiencias
con ellos, de su porte o de su disciplina, entre otros asuntos. Un hombre
contaba cómo un Santo Caballero le había salvado la vida en los caminos y otro narraba
cómo había visto luchar a uno de ellos durante un día y una noche contra un
terrible ataro. Exageraciones, sin duda. Ningún combate duraba tanto.
Arin
se acercó a la barra para preguntar.
—Buenas
noches. Vengo a entregarle un mensaje al Santo Caballero, el Humilde Señor
Nek-Al-Gor. Tengo entendido que se aloja en esta posada.
—¡Oh,
sí! ¡Oh, sí! ¡Está aquí! ¡Está aquí! —empezó diciendo el posadero, hablando con
un tono exageradamente rápido y emocionado—. Todo un acontecimiento. Sí, sí, un
acontecimiento. Se… se retiró muy pronto. Muy disciplinado. Muy generoso. Me
dio una buena propina. ¡Qué gran honor! ¡Qué gran honor! —concluyó el hombre, que
apenas podía expresar tantas ideas como las que debía tener en su mente.
—Eh…
Sí, claro, por supuesto… pero… ¿Dónde puedo encontrarle?
—Segunda
planta. Primera habitación de la izquierda —contestó el posadero en un tono ya
mucho más relajado.
—Muchas
gracias.
Arin se dirigió a las
escaleras. Estaba tan calado que las iba mojando según subía. Nada más llegar a
la segunda planta notó que todo estaba bastante oscuro. Se oían los chismorreos
de abajo, pero había relativo silencio. Giró a la izquierda y distinguió una
tenue luz debajo de la puerta que tenía enfrente. El chico se puso aún más
nervioso. Le empezó a sudar la frente. ¡Por Anak! ¡Qué tensión! ¿Qué pasaría si
tocaba? ¿Estaba el célebre Cazador detrás de esa puerta? Resoplando, se acercó
y se quedó pensativo frente a ella. Le daba cierto miedo tocar. ¿Y si estaba
durmiendo y le molestaba? ¿Y si dejaba los mensajes debajo de la puerta y salía
corriendo? Pero habían encontrado al ataro y tenía que cumplir con su trabajo.
Además, había llegado otro mensaje para Nek-Al-Gor. Finalmente, llamó con sumo
cuidado. Lo hizo tan suavemente que pensó que debía ser imperceptible para el
oído humano.
Dudando si debería volver
a tocar, de repente oyó una voz desde el interior de la estancia. Se estremeció
tanto que deseó salir corriendo y no volver a acercarse a esa habitación, pero
finalmente entró, tal y como le había indicado la voz, no sin antes preguntarse
cómo podía haberle escuchado. Quizá los sentidos e instintos del Cazador sí que
fuesen sobrenaturales.
Al abrir la puerta, vio a
un hombre sentado en una silla. Tenía la ventana abierta y al lado de dicha
silla solo tenía una mesilla de noche con una vela que le daba una tenue
iluminación a la habitación. Nek-Al-Gor. ¡Por el amor de Onara y la sabiduría
de Anak, era el mismísimo Nek-Al-Gor de verdad! No medía tres metros, por
supuesto, pero incluso sentado se veía lo alto y robusto que era. Tenía el pelo
negro y corto, del mismo color que los pozos que eran sus ojos. Su piel, casi
tan oscura como el carbón, era tal y como la había imaginado. Al fin y al cabo,
el hombre seguramente era nuhiliano.
Segundos después de ver
al Santo Caballero, Arin reparó en su vestimenta. Aunque seguramente llevase
debajo la clásica indumentaria de los Humildes Señores, Nek-Al-Gor la cubría
con su conocido abrigo, de un rojo tan oscuro que se podía confundir con el
negro.
—Habla, mensajero —dijo de
repente. Su voz era fría como el hielo y tranquila como el mar en calma.
Tras un instante mezclado
entre la duda y el asombro, Arin fue capaz de hablar.
—Mi señor. El ataro ha
regresado. Está en su casa, con su familia —informó el joven con un tono que
casi implicaba una disculpa por haber hecho esperar a Nek-Al-Gor, ya que cuando
este había llegado al pueblo, el herrero aún estaba fuera, pues había salido
unos días, como hacía siempre, y por lo tanto el Santo Caballero se había
quedado esperando a su regreso. Por suerte, no había pasado mucho tiempo y el
Humilde Señor no parecía molesto.
—Bien. Guíame —dijo el Cazador
mientras se ponía en pie.
Fue en ese momento cuando
Arin pudo apreciar bien su tamaño. Le sacaba unos treinta centímetros. Y era
imponente. Sobre todo era imponente. El mero hecho de imaginarse a ese hombre
como adversario ya era una sensación aterradora.
—Traigo otro mensaje para
vos, Humilde Señor.
—Luego —decretó
Nek-Al-Gor. Solo una palabra. Nada más. No quería explicaciones ni tener que
repetirse. Más le valía a Arin hacer caso de las órdenes del Santo Caballero y
guiarle.
—Como ordenéis, mi señor.
Si es vuestra venia, os guiaré hasta la vivienda del ataro.
Antes de salir de la
habitación, el Cazador cogió a Siva, su famosa espada, la guardó en la vaina y
se la puso en la espalda. Se trataba de un grueso e intimidante Montante de
Lian, conocido popularmente en el Imperio como “Espadón de Lian” o simplemente
“Espadón”, sin diferenciarlo de la variedad normal de espadones, algo más cortos.
El arma estaba forjada con un excelente acero templado perfectamente
equilibrado, pero sin excentricidades. No había ni diamantes, ni rubíes en el
mango, ni nada que no fuese de utilidad. Únicamente tenía grabado un halcón, y
debajo del mismo, las siglas O.S.C.A, es decir, el símbolo y las siglas de la
Orden de los Santos Caballeros de Anak. Pero más allá del tamaño de la espada,
que debía de superar los ciento cincuenta centímetros y requerir de una fuerza
colosal para ser blandida con éxito, lo que llamó la atención del mensajero fue
su color: el acero era prácticamente blanco.
—Mi señor, ruego que me
disculpéis por haberos mojado el suelo. En cuanto termine de guiaros, volveré
para limpiaros la habitación con cuánta presteza me sea humanamente posible —dijo
Arin con cierto miedo mientras bajaban las escaleras.
—No será necesario —aseguró
Nek-Al-Gor. Por supuesto, pensó aliviado el joven. El hombre intimidaba por su
fama y apariencia, pero era honorable y no se iba a molestar por algo así. De
lo contrario, nunca se habría convertido en un Santo Caballero de Anak. O quizá
simplemente fuese que en cuanto acabase con el ataro, se iría del pueblo.
Salieron al exterior. La
tormenta era incluso más intensa. Lógicamente, Arin no le ofreció nada al
Humilde Señor Nek-Al-Gor. El mero hecho de hacerlo sería un insulto para los
Santos Caballeros. ¿Por qué se iban a proteger ellos de la lluvia y el resto no?
En todo caso, ellos serían los últimos en hacerlo.
—Por aquí, mi señor.
Arin guió al hombre por
las calles de Arlos. No había nadie. De noche, bajo una tormenta, apenas se
cruzaron con dos personas que se apartaron rápidamente. Nek-Al-Gor no dijo ni
una palabra durante el trayecto. No fueron más de diez minutos, pero al
mensajero le parecieron varias horas. No se atrevió a volver a hablar en todo
el trayecto, ni tampoco apareció ningún otro Santo Caballero. ¡Por Anak!
Nek-Al-Gor sí que trabajaba solo. Habría apostado que era más probable que
midiese tres metros a que de verdad trabajase solo. Era impropio de los Santos
Caballeros. El Cazador tenía sus propias reglas, claro estaba.
Al girar una esquina, llegaron
a una calle relativamente amplia, con el suelo totalmente empedrado y casas
humildes. Estaban al lado de la muralla oeste del asentamiento. Arin señaló la vivienda
del fondo. Un domicilio pequeño, de una sola planta y con el tejado muy
desgastado.
—Esa es, mi señor.
—Lo sé. Puedo sentirlo.
Sí que es un ataro. No te vayas, mensajero —le ordenó el Santo Caballero. Claro.
Aún tenía otro mensaje que entregarle.
«¡Katara! ¿De verdad lo
puede sentir a esta distancia? Supongo que por algo lo conocen como “el
Cazador”», pensó Arin, impresionado por su habilidad.
Nek-Al-Gor se dirigió
hacia la casa que había señalado el mensajero y este le siguió. Tenía demasiada
curiosidad por verle trabajar. Mientras el Humilde Señor no le dijese que se
alejase, podía mantenerse cerca. Le advirtió de que podía haber peligro, pero
no le ordenó que se apartase, así que se quedó relativamente cerca.
El Santo Caballero
desenvainó su espada y tocó a la puerta. Le abrió un joven de no más de veinte
años. El chico se quedó paralizado al ver al Humilde Señor, pero se recompuso,
hizo la correspondiente reverencia y le abrió paso. Nek-Al-Gor entró.
La casa era muy pequeña.
La familia estaba cenando. Había una mujer venaliana, entrada en la cuarentena,
una joven que debía de tener dieciséis o diecisiete años, y un hombre, también
venaliano, fornido y en buena forma a pesar de estar, al igual que la mujer, en
su cuarentena. El hombre se quedó pálido e inmóvil al ver que el Santo
Caballero se acercaba a la mesa.
—Ven conmigo, ataro —ordenó
con frialdad Nek-Al-Gor. Y en el mismo instante en el que pronunció la palabra
“ataro”, de sus ojos empezó a emanar una luz verde antinatural que congeló el
ambiente por unos instantes. Todos sabían lo que significaban aquellos ojos.
—¡Por favor, mi señor!
¡Me iré del Imperio para siempre! ¡No regresaré jamás! —dijo el hombre con tono
suplicante.
—No lo volveré a repetir —advirtió
el Cazador con tranquilidad.
El hombre asintió
lentamente y se levantó.
—Mi señor, acepto mi
crimen. Iré con vos. ¿Podríais darme un instante para despedirme de mi familia?
Os juro que ellos no sabían nada.
«¡Por Anak! Es un ataro.
No tiene sentimientos. Tiene que estar fingiendo, ¿verdad? Ah, claro, es un
truco. Pero seguro que no engaña al Humilde Señor Nek-Al-Gor», pensó Arin.
El Cazador hizo un leve
gesto de asentimiento. Arin se sorprendió de que mostrase esa piedad con un
ataro.
—Gracias, mi señor —dijo
el herrero.
»Queridos —tragó saliva y
esperó unos segundos antes de reemprender su discurso—. Me dejé seducir por el
poder. No sigáis mi ejemplo. Soy un fracaso como padre, como marido y como
anarkense.
»Querida, busca un marido
mejor. Te quiero, pero te mereces algo mejor.
»Hijo mío, tienes mucho
talento. Seguro que llegarás al ejército. Mira hacia adelante. Estoy orgulloso
de ti.
»Y tú, mi niña, confía
siempre en tu madre y recuérdame por los buenos momentos.
»Para mí…
—Suficiente. Ven conmigo,
ataro —interrumpió el Santo Caballero.
—Os quiero —dijo el
hombre antes de darse la vuelta.
—¡Padre! —exclamó el
joven.
El hombre se acercó al
Cazador y cuando este se dio la vuelta, le siguió.
—¡No permitiré que te
lleves a mi padre! —gritó el chico de repente mientras cogía una espada que tenía
al lado de su silla y se dirigía corriendo hacia la posición del Santo
Caballero.
El joven saltó con su
espada en alto cuando tuvo a rango al imponente hombre, pero este, a pesar de
su tamaño, fue más rápido y le alcanzó con su espadón en el cuello. Al
instante, el chico cayó sin vida al suelo. Este se empapó de sangre, aunque
había menos de la que debería. ¿Tan limpio había sido el corte?
Arin se quedó
petrificado. Estaba anonadado. Nunca había visto una escena así. Se le
congelaron las piernas y el tiempo se detuvo para él. Le entraron ganas de
gritar. Mil pensamientos golpearon su mente.
«Ha sido en defensa
propia».
«Pero solo era un chico
defendiendo a su padre».
«Pero su padre era un
ataro. No tenía sentimientos».
«Pero se había entregado
sin oponer resistencia. Parecía quedarle algo de humano».
«Pero el Humilde Señor
incluso había dejado despedirse al ataro de su familia».
«Pero quizá podría haber
intentado otra cosa. No tenía que matarle».
«Claro que tenía que
matarle. No había otra salida».
Mientras los pensamientos
se arremolinaban en la mente del joven mensajero, incapaz de forjar una opinión
sobre lo que acababa de suceder, empezó a no ser siquiera consciente de los
acontecimientos de su alrededor. El chico había muerto. Había sido rápido e indoloro.
¿Le había importado al Cazador? Oía gritos.
—¡Nooooooo! —gritó el
herrero de forma desesperada.
—¡Esto no es justicia!
¡Era inocente! —gritó la madre con furia.
Oía los gritos, pero poco
más. La visión de Arin era borrosa. Quizá no debería haberse acercado tanto. Le
había vencido su curiosidad por ver trabajar de cerca a Nek-Al-Gor, pero no
estaba hecho para ver escenas así. Él era un simple mensajero.
Mientras el Santo
Caballero se ponía en posición defensiva y los gritos se sucedían, de repente algo
empujó ligeramente hacia atrás al Humilde Señor. ¿Qué había pasado? Arin estaba
demasiado afectado para ver con claridad lo que pasaba a su alrededor. Mientras
Nek-Al-Gor se tambaleaba por un instante, la mujer se acercó con gran velocidad
a la escena y se abalanzó sobre el Cazador con un cuchillo de cocina. Arin
apartó la mirada. La sangre le salpicó.
—¡Nooooooo….! —la
habitación se llenó con los gritos del hombre.
Arin seguía confundido,
pero se obligó a recuperar el sentido. Había dos cadáveres. El ataro gritaba
desconsolado mientras se arrodillaba. No intentaba resistirse.
«Es un ataro. Es un
ataro. Es un ataro. No tiene sentimientos. No tiene sentimientos. No tiene
sentimientos. Tiene que estar fingiendo. Tiene que estar fingiendo. Tiene que
estar fingiendo», pensó frenéticamente.
Arin no era un experto en
los ataros, pero su historia, escrita sobre sangre y traición, era bien
conocida por cualquiera: resultaban un peligro para todos, incluso para su
propia familia. Y no tenían sentimientos. ¡Katara! Ese hombre fingía tenerlos.
¿Por qué? Era un criminal. Si Nek-Al-Gor no hubiese matado a su esposa y a su
hijo, lo habría hecho él en cualquier momento, por cualquier cosa. Por un
arrebato o por simple placer. Así eran los ataros.
El hombre alejó la espada
de su hijo y se echó las manos a la cabeza. Fue lo último que hizo. El Cazador
le atravesó con su arma y el hombre cayó inerte al suelo. La imagen era
desoladora, con tres cadáveres en el suelo, aunque con mucha menos sangre de la
que debería. ¿Sería cosa del ataro? Arin seguía conmocionado por todo lo
acontecido, pero entre el frenetismo de sus pensamientos, se acordó de la chica
que había visto al entrar. ¿Dónde estaba? Arin miró hacia todos los lados. Y
entonces la vio. La joven estaba temblando debajo de la mesa, escondida y hecha
un ovillo. Tenía los ojos verdes, la piel clara, y una larguísima trenza que le
llegaba hasta la rodilla.
El Cazador la sujetó del
cuello en el aire.
«No ha hecho nada. No ha
hecho nada. No la mates, por favor, no la mates», pensó Arin. Deseó hablar.
Deseó decirle al Santo Caballero que la dejase marchar, pero las palabras
parecían no poder salir de su boca.
La chica sollozó.
—Puedes irte, quedarte o tratar
de vengarte, pero si me atacas incurrirás en un delito grave contra la Santa
Orden de Anak y tendré que ejecutarte al instante —dijo Nek-Al-Gor. Después de
eso la dejó con suavidad en el suelo. Durante un instante, ella alzó sus ojos,
llorosos y aterrorizados, hacia la imponente figura del Cazador. Y le miró. Le
miró con muchísimo odio. Arin deseó que la joven no atacase, por lo que sintió
un gran alivio cuando vio que finalmente el Humilde Señor se daba la vuelta y
dejaba a la chica, que apretaba los puños mientras bajaba la cabeza.
El mensajero estaba cerca de la puerta,
acurrucado e incapaz de moverse. Solo le aliviaba pensar que al menos ella
había sobrevivido. Menos mal que el miedo había ganado al odio. Si hubiese
atacado, el Santo Caballero la habría matado.
Nek-Al-Gor limpió su
espada y tiró el pañuelo al piso. Después colocó una tira de cuero en los ojos
de la mujer y del hijo, como dictaba la costumbre imperial. Eran criminales,
pero seres humanos. Por supuesto, no colocó nada en los ojos del hombre. Él no
era un ser humano.
—Tarea terminada —dijo el
Cazador.
—Buen… buen trabajo, mi
señor —se obligó a decir el joven, aún temblando.
Nek-Al-Gor le miró, pero
ignoró el comentario.
—Tenías otro mensaje.
Arin asintió con
lentitud, con la mente aún embotada, pero hizo acopio de valor y le entregó la
carta. Volvió a derrumbarse. Quería consolar a la chica, pero no tenía fuerzas
para hablarle.
El Santo Caballero abrió
la carta. Arin no sabía qué ponía, pero algo se hizo evidente al mirar el
rostro del Cazador:
UNA NUEVA CACERÍA HABÍA COMENZADO.
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