PRESENTACIÓN

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Este blog pertenece a Adrián y Daniel Márquez Miranda (también conocidos como Adraniel) y valdrá para actualizar y dar información respecto ...

domingo, 14 de enero de 2024

CAPÍTULO DE MUESTRA: PRÓLOGO

En esta entrada aparecerá el prólogo de Hijos de Edos: Un viaje a lo desconocido para aquellos interesados en la obra que quieran comprobar si puede ir con su estilo o no. 



PRÓLOGO


He viajado tanto por el mundo, he conocido tantas culturas y tantos lugares que cuando echo la vista atrás pienso que he tenido una vida plena. He vivido libre de las ataduras de mi familia. He vivido como he querido… pero después recuerdo el daño que han causado mis descubrimientos y no puedo evitar preguntarme si realmente mereció la pena… o si tengo la culpa de todo.

Extracto del cuaderno de viajes de Mawinor Arleis.

 

A

rin estaba nervioso. ¡Katara! Vaya tarea le había tocado. Entregar un mensaje a Nek-Al-Gor. Si el Santo Caballero hacía honor a su fama, mediría tres metros, portaría una espada de cuatro y podría matar a un hombre solo porque le desagradase su mirada. Serían rumores exagerados, claro estaba. Solo iba a entregarle un mensaje. Dos, en realidad. Y ambos le gustarían. No podía matarlo solo por eso. Era un Santo Caballero, y por lo tanto, tenía que ser honorable. Su fama solo se debía a sus implacables cacerías. O eso pensaba Arin.

           Era de noche y lo único que rompía el absoluto silencio que reinaba en aquella parte de Arlos era la intensa lluvia que caía.

Mientras Arin caminaba hacia su destino, la posada donde se alojaba el Santo Caballero, no pudo evitar volver a fijarse en lo curioso que era aquel pequeño pueblo. Al mensajero le resultaba fascinante que aunque Arlos hubiese sido uno de los primeros asentamientos que había colonizado el Imperio de Anar-Kan en Nuevo Fos, este hubiese crecido tan poco como para apenas superar los mil habitantes.

Arin tampoco podía evitar fijarse en las construcciones. Para alguien tan observador como él, resultaba muy evidente que Arlos se había fundado a partir de un campamento militar, y que años después, debido al avance del Imperio en Nuevo Fos, y con la respectiva llegada de colonos al lugar, este había acabado por transformarse en una población estable. Sin embargo, lo que más llamaba la atención del mensajero era la piedra. Arlos, como todo asentamiento en tiempo de guerra, se había hecho de dicho material: el suelo estaba empedrado, las casas se hacían gruesas y contaba con una poderosa muralla que ningún otro pueblo de esas características tenía en Fos, el continente de donde provenía el Imperio. En contraposición a los orígenes militares de Arlos, los únicos soldados que permanecían en el lugar eran los de la guardia personal del Alto Señor Ranan, Majorum del poblado. La guerra ya estaba lo suficientemente lejos.

            Empapado por la lluvia, el mensajero entró en la posada donde se alojaba el Santo Caballero. ¿De verdad estaba el mismísimo Nek-Al-Gor en Arlos? Al parecer había sido el primero de todos ellos en recibir la petición de auxilio enviada por el Alto Señor cuando un ciudadano había denunciado a un herrero por atania, pero para creer algo así, necesitaba verlo con sus propios ojos. ¿Seguro que no se trataba de otro Santo Caballero nuhiliano? ¿Qué iba a hacer alguien de la categoría de Nek-Al-Gor en un pueblo dejado de la mano de Anak? Pero fuese o no el célebre Cazador, sí que había un Santo Caballero en Arlos. Y eso ya era todo un acontecimiento en una población tan pequeña como aquella, aunque posiblemente se marchase esa misma noche.

            La posada estaba relativamente animada. Había varios hombres bebiendo, otros tantos hablando, y al fondo, unos cuantos más dispersos por la estancia. La mayoría estaba comentando algo de los Santos Caballeros. De sus experiencias con ellos, de su porte o de su disciplina, entre otros asuntos. Un hombre contaba cómo un Santo Caballero le había salvado la vida en los caminos y otro narraba cómo había visto luchar a uno de ellos durante un día y una noche contra un terrible ataro. Exageraciones, sin duda. Ningún combate duraba tanto.

            Arin se acercó a la barra para preguntar.

            —Buenas noches. Vengo a entregarle un mensaje al Santo Caballero, el Humilde Señor Nek-Al-Gor. Tengo entendido que se aloja en esta posada.

            —¡Oh, sí! ¡Oh, sí! ¡Está aquí! ¡Está aquí! —empezó diciendo el posadero, hablando con un tono exageradamente rápido y emocionado—. Todo un acontecimiento. Sí, sí, un acontecimiento. Se… se retiró muy pronto. Muy disciplinado. Muy generoso. Me dio una buena propina. ¡Qué gran honor! ¡Qué gran honor! —concluyó el hombre, que apenas podía expresar tantas ideas como las que debía tener en su mente.

            —Eh… Sí, claro, por supuesto… pero… ¿Dónde puedo encontrarle?

            —Segunda planta. Primera habitación de la izquierda —contestó el posadero en un tono ya mucho más relajado.

            —Muchas gracias.

Arin se dirigió a las escaleras. Estaba tan calado que las iba mojando según subía. Nada más llegar a la segunda planta notó que todo estaba bastante oscuro. Se oían los chismorreos de abajo, pero había relativo silencio. Giró a la izquierda y distinguió una tenue luz debajo de la puerta que tenía enfrente. El chico se puso aún más nervioso. Le empezó a sudar la frente. ¡Por Anak! ¡Qué tensión! ¿Qué pasaría si tocaba? ¿Estaba el célebre Cazador detrás de esa puerta? Resoplando, se acercó y se quedó pensativo frente a ella. Le daba cierto miedo tocar. ¿Y si estaba durmiendo y le molestaba? ¿Y si dejaba los mensajes debajo de la puerta y salía corriendo? Pero habían encontrado al ataro y tenía que cumplir con su trabajo. Además, había llegado otro mensaje para Nek-Al-Gor. Finalmente, llamó con sumo cuidado. Lo hizo tan suavemente que pensó que debía ser imperceptible para el oído humano.

Dudando si debería volver a tocar, de repente oyó una voz desde el interior de la estancia. Se estremeció tanto que deseó salir corriendo y no volver a acercarse a esa habitación, pero finalmente entró, tal y como le había indicado la voz, no sin antes preguntarse cómo podía haberle escuchado. Quizá los sentidos e instintos del Cazador sí que fuesen sobrenaturales.

Al abrir la puerta, vio a un hombre sentado en una silla. Tenía la ventana abierta y al lado de dicha silla solo tenía una mesilla de noche con una vela que le daba una tenue iluminación a la habitación. Nek-Al-Gor. ¡Por el amor de Onara y la sabiduría de Anak, era el mismísimo Nek-Al-Gor de verdad! No medía tres metros, por supuesto, pero incluso sentado se veía lo alto y robusto que era. Tenía el pelo negro y corto, del mismo color que los pozos que eran sus ojos. Su piel, casi tan oscura como el carbón, era tal y como la había imaginado. Al fin y al cabo, el hombre seguramente era nuhiliano.

Segundos después de ver al Santo Caballero, Arin reparó en su vestimenta. Aunque seguramente llevase debajo la clásica indumentaria de los Humildes Señores, Nek-Al-Gor la cubría con su conocido abrigo, de un rojo tan oscuro que se podía confundir con el negro.

—Habla, mensajero —dijo de repente. Su voz era fría como el hielo y tranquila como el mar en calma.

Tras un instante mezclado entre la duda y el asombro, Arin fue capaz de hablar.

—Mi señor. El ataro ha regresado. Está en su casa, con su familia —informó el joven con un tono que casi implicaba una disculpa por haber hecho esperar a Nek-Al-Gor, ya que cuando este había llegado al pueblo, el herrero aún estaba fuera, pues había salido unos días, como hacía siempre, y por lo tanto el Santo Caballero se había quedado esperando a su regreso. Por suerte, no había pasado mucho tiempo y el Humilde Señor no parecía molesto.

—Bien. Guíame —dijo el Cazador mientras se ponía en pie.

Fue en ese momento cuando Arin pudo apreciar bien su tamaño. Le sacaba unos treinta centímetros. Y era imponente. Sobre todo era imponente. El mero hecho de imaginarse a ese hombre como adversario ya era una sensación aterradora.

—Traigo otro mensaje para vos, Humilde Señor.

—Luego —decretó Nek-Al-Gor. Solo una palabra. Nada más. No quería explicaciones ni tener que repetirse. Más le valía a Arin hacer caso de las órdenes del Santo Caballero y guiarle.

—Como ordenéis, mi señor. Si es vuestra venia, os guiaré hasta la vivienda del ataro.

Antes de salir de la habitación, el Cazador cogió a Siva, su famosa espada, la guardó en la vaina y se la puso en la espalda. Se trataba de un grueso e intimidante Montante de Lian, conocido popularmente en el Imperio como “Espadón de Lian” o simplemente “Espadón”, sin diferenciarlo de la variedad normal de espadones, algo más cortos. El arma estaba forjada con un excelente acero templado perfectamente equilibrado, pero sin excentricidades. No había ni diamantes, ni rubíes en el mango, ni nada que no fuese de utilidad. Únicamente tenía grabado un halcón, y debajo del mismo, las siglas O.S.C.A, es decir, el símbolo y las siglas de la Orden de los Santos Caballeros de Anak. Pero más allá del tamaño de la espada, que debía de superar los ciento cincuenta centímetros y requerir de una fuerza colosal para ser blandida con éxito, lo que llamó la atención del mensajero fue su color: el acero era prácticamente blanco.

—Mi señor, ruego que me disculpéis por haberos mojado el suelo. En cuanto termine de guiaros, volveré para limpiaros la habitación con cuánta presteza me sea humanamente posible —dijo Arin con cierto miedo mientras bajaban las escaleras.

—No será necesario —aseguró Nek-Al-Gor. Por supuesto, pensó aliviado el joven. El hombre intimidaba por su fama y apariencia, pero era honorable y no se iba a molestar por algo así. De lo contrario, nunca se habría convertido en un Santo Caballero de Anak. O quizá simplemente fuese que en cuanto acabase con el ataro, se iría del pueblo.

Salieron al exterior. La tormenta era incluso más intensa. Lógicamente, Arin no le ofreció nada al Humilde Señor Nek-Al-Gor. El mero hecho de hacerlo sería un insulto para los Santos Caballeros. ¿Por qué se iban a proteger ellos de la lluvia y el resto no? En todo caso, ellos serían los últimos en hacerlo.

—Por aquí, mi señor.

Arin guió al hombre por las calles de Arlos. No había nadie. De noche, bajo una tormenta, apenas se cruzaron con dos personas que se apartaron rápidamente. Nek-Al-Gor no dijo ni una palabra durante el trayecto. No fueron más de diez minutos, pero al mensajero le parecieron varias horas. No se atrevió a volver a hablar en todo el trayecto, ni tampoco apareció ningún otro Santo Caballero. ¡Por Anak! Nek-Al-Gor sí que trabajaba solo. Habría apostado que era más probable que midiese tres metros a que de verdad trabajase solo. Era impropio de los Santos Caballeros. El Cazador tenía sus propias reglas, claro estaba.

Al girar una esquina, llegaron a una calle relativamente amplia, con el suelo totalmente empedrado y casas humildes. Estaban al lado de la muralla oeste del asentamiento. Arin señaló la vivienda del fondo. Un domicilio pequeño, de una sola planta y con el tejado muy desgastado.

—Esa es, mi señor.

—Lo sé. Puedo sentirlo. Sí que es un ataro. No te vayas, mensajero —le ordenó el Santo Caballero. Claro. Aún tenía otro mensaje que entregarle.

«¡Katara! ¿De verdad lo puede sentir a esta distancia? Supongo que por algo lo conocen como “el Cazador”», pensó Arin, impresionado por su habilidad.

Nek-Al-Gor se dirigió hacia la casa que había señalado el mensajero y este le siguió. Tenía demasiada curiosidad por verle trabajar. Mientras el Humilde Señor no le dijese que se alejase, podía mantenerse cerca. Le advirtió de que podía haber peligro, pero no le ordenó que se apartase, así que se quedó relativamente cerca.

El Santo Caballero desenvainó su espada y tocó a la puerta. Le abrió un joven de no más de veinte años. El chico se quedó paralizado al ver al Humilde Señor, pero se recompuso, hizo la correspondiente reverencia y le abrió paso. Nek-Al-Gor entró.

La casa era muy pequeña. La familia estaba cenando. Había una mujer venaliana, entrada en la cuarentena, una joven que debía de tener dieciséis o diecisiete años, y un hombre, también venaliano, fornido y en buena forma a pesar de estar, al igual que la mujer, en su cuarentena. El hombre se quedó pálido e inmóvil al ver que el Santo Caballero se acercaba a la mesa.

—Ven conmigo, ataro —ordenó con frialdad Nek-Al-Gor. Y en el mismo instante en el que pronunció la palabra “ataro”, de sus ojos empezó a emanar una luz verde antinatural que congeló el ambiente por unos instantes. Todos sabían lo que significaban aquellos ojos.

—¡Por favor, mi señor! ¡Me iré del Imperio para siempre! ¡No regresaré jamás! —dijo el hombre con tono suplicante.

—No lo volveré a repetir —advirtió el Cazador con tranquilidad.

El hombre asintió lentamente y se levantó.

—Mi señor, acepto mi crimen. Iré con vos. ¿Podríais darme un instante para despedirme de mi familia? Os juro que ellos no sabían nada.

«¡Por Anak! Es un ataro. No tiene sentimientos. Tiene que estar fingiendo, ¿verdad? Ah, claro, es un truco. Pero seguro que no engaña al Humilde Señor Nek-Al-Gor», pensó Arin.

El Cazador hizo un leve gesto de asentimiento. Arin se sorprendió de que mostrase esa piedad con un ataro.

—Gracias, mi señor —dijo el herrero.

»Queridos —tragó saliva y esperó unos segundos antes de reemprender su discurso—. Me dejé seducir por el poder. No sigáis mi ejemplo. Soy un fracaso como padre, como marido y como anarkense.

»Querida, busca un marido mejor. Te quiero, pero te mereces algo mejor.

»Hijo mío, tienes mucho talento. Seguro que llegarás al ejército. Mira hacia adelante. Estoy orgulloso de ti.

»Y tú, mi niña, confía siempre en tu madre y recuérdame por los buenos momentos.

»Para mí…

—Suficiente. Ven conmigo, ataro —interrumpió el Santo Caballero.

—Os quiero —dijo el hombre antes de darse la vuelta.

—¡Padre! —exclamó el joven.

El hombre se acercó al Cazador y cuando este se dio la vuelta, le siguió.

—¡No permitiré que te lleves a mi padre! —gritó el chico de repente mientras cogía una espada que tenía al lado de su silla y se dirigía corriendo hacia la posición del Santo Caballero.

El joven saltó con su espada en alto cuando tuvo a rango al imponente hombre, pero este, a pesar de su tamaño, fue más rápido y le alcanzó con su espadón en el cuello. Al instante, el chico cayó sin vida al suelo. Este se empapó de sangre, aunque había menos de la que debería. ¿Tan limpio había sido el corte?

Arin se quedó petrificado. Estaba anonadado. Nunca había visto una escena así. Se le congelaron las piernas y el tiempo se detuvo para él. Le entraron ganas de gritar. Mil pensamientos golpearon su mente.

«Ha sido en defensa propia».

«Pero solo era un chico defendiendo a su padre».

«Pero su padre era un ataro. No tenía sentimientos».

«Pero se había entregado sin oponer resistencia. Parecía quedarle algo de humano».

«Pero el Humilde Señor incluso había dejado despedirse al ataro de su familia».

«Pero quizá podría haber intentado otra cosa. No tenía que matarle».

«Claro que tenía que matarle. No había otra salida».

Mientras los pensamientos se arremolinaban en la mente del joven mensajero, incapaz de forjar una opinión sobre lo que acababa de suceder, empezó a no ser siquiera consciente de los acontecimientos de su alrededor. El chico había muerto. Había sido rápido e indoloro. ¿Le había importado al Cazador? Oía gritos.

—¡Nooooooo! —gritó el herrero de forma desesperada.

—¡Esto no es justicia! ¡Era inocente! —gritó la madre con furia.

Oía los gritos, pero poco más. La visión de Arin era borrosa. Quizá no debería haberse acercado tanto. Le había vencido su curiosidad por ver trabajar de cerca a Nek-Al-Gor, pero no estaba hecho para ver escenas así. Él era un simple mensajero.

Mientras el Santo Caballero se ponía en posición defensiva y los gritos se sucedían, de repente algo empujó ligeramente hacia atrás al Humilde Señor. ¿Qué había pasado? Arin estaba demasiado afectado para ver con claridad lo que pasaba a su alrededor. Mientras Nek-Al-Gor se tambaleaba por un instante, la mujer se acercó con gran velocidad a la escena y se abalanzó sobre el Cazador con un cuchillo de cocina. Arin apartó la mirada. La sangre le salpicó.

—¡Nooooooo….! —la habitación se llenó con los gritos del hombre.

Arin seguía confundido, pero se obligó a recuperar el sentido. Había dos cadáveres. El ataro gritaba desconsolado mientras se arrodillaba. No intentaba resistirse.

«Es un ataro. Es un ataro. Es un ataro. No tiene sentimientos. No tiene sentimientos. No tiene sentimientos. Tiene que estar fingiendo. Tiene que estar fingiendo. Tiene que estar fingiendo», pensó frenéticamente.

Arin no era un experto en los ataros, pero su historia, escrita sobre sangre y traición, era bien conocida por cualquiera: resultaban un peligro para todos, incluso para su propia familia. Y no tenían sentimientos. ¡Katara! Ese hombre fingía tenerlos. ¿Por qué? Era un criminal. Si Nek-Al-Gor no hubiese matado a su esposa y a su hijo, lo habría hecho él en cualquier momento, por cualquier cosa. Por un arrebato o por simple placer. Así eran los ataros.

El hombre alejó la espada de su hijo y se echó las manos a la cabeza. Fue lo último que hizo. El Cazador le atravesó con su arma y el hombre cayó inerte al suelo. La imagen era desoladora, con tres cadáveres en el suelo, aunque con mucha menos sangre de la que debería. ¿Sería cosa del ataro? Arin seguía conmocionado por todo lo acontecido, pero entre el frenetismo de sus pensamientos, se acordó de la chica que había visto al entrar. ¿Dónde estaba? Arin miró hacia todos los lados. Y entonces la vio. La joven estaba temblando debajo de la mesa, escondida y hecha un ovillo. Tenía los ojos verdes, la piel clara, y una larguísima trenza que le llegaba hasta la rodilla.

El Cazador la sujetó del cuello en el aire.

«No ha hecho nada. No ha hecho nada. No la mates, por favor, no la mates», pensó Arin. Deseó hablar. Deseó decirle al Santo Caballero que la dejase marchar, pero las palabras parecían no poder salir de su boca.

La chica sollozó.

—Puedes irte, quedarte o tratar de vengarte, pero si me atacas incurrirás en un delito grave contra la Santa Orden de Anak y tendré que ejecutarte al instante —dijo Nek-Al-Gor. Después de eso la dejó con suavidad en el suelo. Durante un instante, ella alzó sus ojos, llorosos y aterrorizados, hacia la imponente figura del Cazador. Y le miró. Le miró con muchísimo odio. Arin deseó que la joven no atacase, por lo que sintió un gran alivio cuando vio que finalmente el Humilde Señor se daba la vuelta y dejaba a la chica, que apretaba los puños mientras bajaba la cabeza.

 El mensajero estaba cerca de la puerta, acurrucado e incapaz de moverse. Solo le aliviaba pensar que al menos ella había sobrevivido. Menos mal que el miedo había ganado al odio. Si hubiese atacado, el Santo Caballero la habría matado.

Nek-Al-Gor limpió su espada y tiró el pañuelo al piso. Después colocó una tira de cuero en los ojos de la mujer y del hijo, como dictaba la costumbre imperial. Eran criminales, pero seres humanos. Por supuesto, no colocó nada en los ojos del hombre. Él no era un ser humano.

—Tarea terminada —dijo el Cazador.

—Buen… buen trabajo, mi señor —se obligó a decir el joven, aún temblando.

Nek-Al-Gor le miró, pero ignoró el comentario.

—Tenías otro mensaje.

Arin asintió con lentitud, con la mente aún embotada, pero hizo acopio de valor y le entregó la carta. Volvió a derrumbarse. Quería consolar a la chica, pero no tenía fuerzas para hablarle.

El Santo Caballero abrió la carta. Arin no sabía qué ponía, pero algo se hizo evidente al mirar el rostro del Cazador:

UNA NUEVA CACERÍA HABÍA COMENZADO.

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